Deprecated: Optional parameter $prefix declared before required parameter $extension_name is implicitly treated as a required parameter in /home/lagourz/www/wp-content/plugins/mwt-unyson-extensions/mwt-unyson-extensions.php on line 86

Deprecated: Optional parameter $full declared before required parameter $zip_path is implicitly treated as a required parameter in /home/lagourz/www/wp-content/plugins/unyson/framework/extensions/backups/includes/module/tasks/class--fw-ext-backups-module-tasks.php on line 985

Deprecated: Optional parameter $option_id declared before required parameter $value is implicitly treated as a required parameter in /home/lagourz/www/wp-content/plugins/unyson/framework/extensions/megamenu/helpers.php on line 193

Deprecated: Optional parameter $method declared before required parameter $args is implicitly treated as a required parameter in /home/lagourz/www/wp-content/plugins/unyson/framework/extensions/social/extensions/social-facebook/class-fw-extension-social-facebook.php on line 104

Deprecated: Optional parameter $method declared before required parameter $args is implicitly treated as a required parameter in /home/lagourz/www/wp-content/plugins/unyson/framework/extensions/social/extensions/social-facebook/helpers.php on line 17
¿Dónde comer? – La Gourmandista

Cooking in progress...

Categoría: ¿Dónde comer?

De la original Ensalada César, pero hecha en casa

Cuando era niña, me encantaba que el jefe de sala viniera a nuestra mesa a hacer algo. No importaba si era una ensalada, un postre flameado, o si sólo venía a cortar frente a nosotros la pieza de carne para compartir que habían pedido mis papás. Mi curiosidad era grande y siempre era un deleite. Claro que según el restaurante era lo que me gustaba pedir. Había en donde las fresas jubilé eran mis preferidas. En algún otro sitio un sabayón, pero me parece que mi consentida era la Ensalada César, pues era algo que nunca comíamos en casa, que era sencillo y que para mí era todo un espectáculo. De hecho, alguna vez mi papá me reclamó diciendo que sólo era lechuga con queso y un poco de pan.

Por aquí y por allá me llamaba la atención que la encontraba en menús no sólo en mi país, sino que también estaba disponible en algunos sitios en el extranjero, aunque algo en mi interior se quejaba, pues no era exactamente como la que se hacía en mi tierra y alguien -seguramente mi madre- me había dicho que era un platillo creado en México.

En el tiempo corroboré la información y aprendí que no sólo era mexicana, que en realidad era tijuanense, y como nunca había ido a esta ciudad, pues tampoco había probado la original. La primavera pasada tuve oportunidad de ir y fue como viajar en el tiempo.

Y sí, uno llega y ahí está el carrito que va de una mesa a otra cargada de ingredientes para hacer la afamada ensalada. Aquí, la diferencia frente a mi experiencia de la infancia fue que todo el personal sabe prepararla con la receta de la casa. Obvio, pedí la mía. Corroboré utilizar los ingredientes correctos en casa y noté que la preparo ligeramente diferente, pues yo no le pongo ajo, siempre creí que la mostaza que se usaba era la amarilla aunque en realidad es Dijon, uso el huevo entero en lugar de sólo la yema, y sí le pongo un filete de anchoa, lo cual me dijeron no es necesario porque la salsa inglesa de Lea & Perrins tiene anchoa ya entre su lista de ingredientes. Acepto que el resultado es bastante similar, pero supongo que si quiero imitar la original, debo modificar un poco mi versión de la receta, aunque confieso aquí entre nos que lo único que le cambiaré a mi receta es el tipo de mostaza, pues me gusta más la francesa que la inglesa.

Cuando el mesero nos sirvió nuestras ensaladas, le pregunté que cuál de todas las leyendas sobre la creación de la famosa ensalada era la que ellos avalaban como verdadera. No me contestó a ciencia cierta, pero me corroboró las “leyendas oficiales”, pero antes de contarles el chisme déjenme les cuento un poco de la historia del lugar, el hombre que la creó y obvio también el chisme.

El restaurante Caesar’s se encuentra en la avenida Revolución del centro de Tijuana, Baja California no muy lejos de la garita internacional que separa a México de Estados Unidos. El sitio lo fundó un restaurantero de origen italiano de nombre Cesare Cardini. Él, originalmente, habría migrado desde Italia a California, pero luego decidió probar suerte en la ciudad fronteriza mexicana escapando la prohibición de alcohol que vivió la Unión Americana en 1919 tras la entrada en vigor de la enmienda 18 a la Constitución, ley que prohibía el consumo de bebidas alcohólicas. Esta situación le permitió a Tijuana vivir años de gloria y abundancia, volviéndose además en un sitio consentido para la sociedad estadounidense, pues a todos les gustaría a partir de entonces cruzar la frontera para irse de fiesta.

Evidentemente, en aquellos años como ahora, el fin de semana de las fiestas de Independencia del 4 de julio son una oportunidad de festejo para todos los estadounidenses, y obviamente, cruzarse la frontera en años en los que ni una cerveza estaba permitida sería obligatorio si uno quería festejar con la refrescante bebida en mano, así que el señor Cardini, con el restaurante abierto y el flujo de visitantes a todo lo que daba comenzó a quedarse sin ingredientes. Entre una de las leyendas se cuenta que llegó un grupo de oficiales de aviación y que tras no tener qué ofrecerles, Alex Cardini, hermano de Cesare y quien estaba ese día al frente de la cocina, mezcló los hoy ingredientes que conforman la afamada ensalada y el resto es historia.

Otra leyenda cuenta que, aunque sí, ya no había mucho para ofrecer a los comensales, la idea de la receta provino de uno de los meseros, también de origen italiano y cuya madre preparaba en casa en Italia la receta en cuestión. Buscaron y vieron que tenían todo, la prepararon y la familia Cardini se apropió de la receta.

La última de las historias y que fue la que personalmente me contó el mesero que nos atendió y que incluso me resultó más fascinante, pues cuando le pregunté si era cierta la leyenda, él me empezó a contar ésta, así pues, yo dejé que hablara sin interrumpir mientras me quedaba boquiabierta. Dícese que entre los ricos y famosos que visitaban el restaurante Caesar’s había una señora que iba y siempre pedía la ensalada, pero le gustaba tanto que luego pedía en restaurantes por todo el mundo que le reprodujeran el platillo. Su nombre: Wallis Simpson. Sí señores, la mismísima mujer originaria de Baltimore, Maryland y que puso de cabeza a la corona inglesa… a tal grado que la hoy el nuevo rey inglés, Carlos III, es quien ocupa el trono por el matrimonio entre la señora Simpson y el rey que abdicó la corona, Eduardo VIII, su tío abuelo.

¿Ven? Les dije que estaba bueno el chisme. En fin, sepa el sereno cuál sea la verdadera historia de la ensalada César. A lo mejor en cada una de estas historias hay un pedacito de verdad. Lo mejor de todo es que a pesar de que el establecimiento había caído en ruinas, Javier Plascencia, chef tijuanense y gran representante de la cocina de la región, junto con su familia, quienes están a cargo de un grupo restaurantero se pusieron a la tarea de rescatar el sitio que hoy vibra junto con el resto de la ciudad y nos recuerda que ahí es la cuna de uno de los platillos más emblemáticos de la cocina occidental del siglo XX.

Por último, por ahí leí que la familia Cardini a su regreso a los Estados Unidos había vendido la receta para hacerla embotellada. La curiosidad mató al gato y la busqué en la tienda de autoservicio. La encontré, la probamos y el consenso general de la mesa fue que nos quedamos con la versión casera y la del restaurante.

Aquí les dejo el video que tomé ese día y más adelante también la receta que hago en casa cuando no puedo ir hasta Tijuana.

La Receta

Ensalada césar casera

El clásico del Hotel Caesar's de Tijuana en la versión que mi mente recreó a partir de las memorias de mi infancia y los restaurantes ochenteros de la Ciudad de México.

  • Olla pequeña
  • Tazones pequeños
  • Ensaladera
  • Batidor de globo
  • Pinzas de cocina
  • Rallador de queso
  • 2-3 hojas lechuga orejona
  • 1 filete filete de anchoa
  • ½ cucharadita mostaza de Dijon
  • 1 huevo
  • 1 cucharadita salsa inglesa
  • ½ limón verde (el jugo)
  • 3 cucharadas Aceite de oliva (extra virgen (aproximadamente))
  • ¼ taza Parmigiano Reggiano (finamente rallado)
  • 2-3 Crotones de pan
  1. En una olla pequeña poner agua, añadir el huevo y dejar que brote el hervor. Dejar solamente un minuto y sacar. Sumergir en agua con hielos para cortar la cocción. (Por cierto, también lo puedes hacer con el huevo crudo, pero bueno, si no te gusta, ésta es una magnífica opción para que esté medio cocido).
  2. En un tazón grande o una ensaladera y con la ayuda de un tenedor, machaca el filete de anchoa.
  3. Añade la salsa inglesa, el jugo de limón verde, la mostaza y una cucharadita de queso parmesano.
  4. Con ayuda del batidor de globo mezcla todos los ingredientes.
  5. Añade el huevo tibio y finalmente emulsiona con aceite de oliva utilizando el batidor de globo según sea necesario. La receta marca 3 cucharadas, pero puedes usar un poco más si lo prefieres. Verifica la sazón con sal y pimienta.

  6. Revuelca las hojas de lechuga para que queden bien embarradas de aderezo.
  7. Sirve en un plato y termina con la cantidad de queso parmesano que desees y unos crotones.
  8. Si deseas hacer tú mismo los crotones, una forma súper fácil que a mi me gusta hacer es rebanar pequeños trozos de baguette, embadurnarles un poco de mantequilla y sal de ajo (o en su defecto pasta de ajo salado), espolvorear con queso parmesano y ponerlos a tostar rápido en el horno tostador. Quedan buenísimos y te tardas 2 minutos en hacerlos.
Ensalada
del mundo
César, clásico, Ensalada

Por último, si vas a ir a Tijuana, no dejes de ir al Caesar’s y disfrutar tu Ensalada César. Aquí te dejo el mapa con la geolocalización para que lo guardes.

Frankly…Pizza! Una pizza que francamente conquista

Encontrar los sitios consentidos para hacer la compra, la farmacia, etc. cuando uno se instala en un nuevo barrio cuesta trabajo. Afortunadamente los nuevos amigos comienzan a recomendar de todo un poco y claro, los restaurantes locales también comienzan a resonar, especialmente cuando la gente sabe que uno es de buen diente. Así pues, nos dispusimos a ir a la pizzería del barrio un sábado por la tarde en la que no teníamos muchos planes. Como de costumbre, estábamos deseosos de encontrar un sitio que pudiéramos poner en la lista de los “imperdibles” de nuestros alrededores.

El restaurante es sencillo y nada pretencioso, pero con una infinidad de detalles que debían recalcarse. A la entrada nos recibe una señora que no debe pasar de los 35 años, bueno, eso creo yo, pero no soy muy buena calculando las edades. No obstante, la veo joven. De hecho, el equipo en general es joven. Parece incluso que varios tienen similitudes físicas. Me parece que podrían, varios de ellos, ser familiares. Todos muy alegres corren con bebidas, ensaladas, pizzas y postres que entregan a sus mesas. El barullo es incesante en la sala. Todos, empleados y comensales la pasan bien. Alguna madre de familia lucha para que su angelito se siente y coma; lo logra. Se siente un ambiente muy agradable, de familias disfrutando.

El menú de bebidas, para nuestra sorpresa, no cuenta solamente con gaseosas y té helado como la mayoría de los restaurantes casuales por aquí, sino que tienen una buena oferta de vinos, cervezas artesanales de la región e incluso gaseosas caseras. Noto que hay cerveza de raíz, sodas de jengibre, cereza negra y hasta limón -todas caseras. Se me antoja. Ésto comienza bien, pensé.

La larga lista de pizzas juega con los ingredientes que explican son hechos en casa o de la localidad. Claramente se proveen con productores de la región y todo es de circuito corto. A las mezclas propuestas uno puede añadir o quitar alguno que prefiera incluir o dejar fuera, pues cada tarta la hacen al momento y prácticamente frente al comensal, dado que el horno de leña está ahí, al final del comedor, separando el bar del acceso a la cocina. El pizzero no para. El menú cuenta con especiales de temporada tanto en los acompañantes como en los postres, pero a éste último no llego. Comí demasiado.

Con el tiempo, nos hemos vuelto asiduos del lugar, pues aunque la primera vez dije a la dueña que si bien me habían gustado sus pizzas, yo habría apreciado un poco más de orégano en la salsa, ella me agradeció el comentario y me dijo que la receta era de su suegra. El sabor, poco a poco conquistó mi corazón y con honestidad he aceptado que ya no me hace falta ese extra de orégano que solía pedir mi paladar. Aquella primera vez noté que había gente que sólo entraba y recogía las pizzas para llevar a casa y en alguna ocasión incluso fui a comprarlas y las esperé mientras me tomaba una copa de vino en la barra. El pequeño restaurante siempre estaba abarrotado y me tocó esperar cerca de 45 minutos alguna vez para poderme sentar a la mesa. En aquellos tiempos pre-COVID, no tomaban reservas y la gente esperaba pacientemente con alguna bebida, aún en invierno.


Con el COVID, todo cambió y obviamente tuvieron que cerrar de la noche a la mañana, pero la cosecha de años de buen trabajo y esfuerzo por parte de Frank Linn, su esposa y el equipo de cocina y sala se vieron de inmediato recompensados por la comunidad. Todos comenzamos a hacer pedidos en línea en cuanto los habilitaron y seguimos las reglas que impusieron para mantener el distanciamiento social y la seguridad y bienestar de todos. Las pizzas se acababan en minutos, así que en medio de la locura, la incertidumbre y la situación que a todos nos ha tenido por prácticamente dos años los pelos de punta, Frankly… Pizza! no sólo se reinventó. Incluso lograron expandirse tomando el local contiguo para atender exclusivamente a la clientela con pedidos para llevar. Si hay algo que han preferido no hacer, es utilizar los servicios de entrega a domicilio tipo UberEats, Doordash y Grubhub; los más populares en Estados Unidos. En este nuevo local, instalaron un segundo horno que les permitió también doblar su producción y garantizar así no sólo su supervivencia, sino los empleos de su equipo. Los retos han sido muchos e incesantes, pero claramente, ante los ojos del cliente, todos han sido sorteados con inteligencia y pericia. Ansío la llegada de una nueva tregua viral -pero si se acaba el problema, aún mejor- para ir de nuevo a saludarlos en persona y disfrutar de mis preferidos… ensalada de temporada, pizza blanca de champiñones y gaseosa de cereza negra. Al postre, lo siento, pero nunca llego.

Sitio web: www.franklypizza.com

Alam Méndez regresa a Washington, D.C. con Maíz 64

A Maíz 64 en  el corredor gastronómico de la la calle 14 de Washington, D.C., en el barrio de Logan, hay que ir con el pañuelo de la melancolía en el bolsillo y con la precaución de la reserva muy anticipada. El nuevo proyecto del cocinero Alam Méndez llena rápido la sala de migrantes y locales deseosos de volver a través del plato a la cocina oaxaqueña de base familiar pero de técnica moderna.

El éxito del chef Méndez, avalado por su trayectoria en un restaurante de gran relevancia de Ciudad de México en los últimos años como es Pasillo de Humo, lo certifican sus tacos, sobre todo el de lechón con el que se vuela de la mano a las calles de la infancia después del cine un sábado por la tarde. Carne aromática y jugosa envuelta en una tortilla tan suave como la mejilla de la abuela.

Pero no todo es calle en Maíz 64, sino también mantel, con un plato como el pulpo al pastor servido con bok choi asado y piña, en el que destaca el achiote como sazón oaxaqueña y el nixtamal de la casa. Tequilas, mezcales y vinos mexicanos completan la experiencia que nos lleva de vuelta a un país que añoramos y que crece junto a sus cocineros que han cruzado la frontera para conquistar paladares que descubren la cocina mexicana contemporánea.

Es sabido que en tierras aztecas mucha de la comida lleva picante, sin embargo, aquí, el chef lo recibe a uno para abrir boca con unas tortillas de maíz azul y una salsa sin picante cuya base es la berenjena y el tomatillo rostizado. Es delicada y no quema las papilas gustativas al inicio de la experiencia. 

Luego, para el segundo tiempo yo pedí unos esquites. Éstos granos de maíz, también conocidos por estas tierras como maíz callejero mexicano, tienen como origen los puestos en las plazas centrales de pueblos y ciudades afuera de la iglesia. Éstos, en México se preparan con maíz blanco, en Estados Unidos con maíz dulce. Aquí, Méndez me presentó algo distinto. Se trataba de una versión elevada con una mezcla de maíz blanco, amarillo y azul. Picaba, pero no demasiado. El mercader siempre ofrecerá un poco de picante.

Al otro lado de la mesa había una ensalada de betabel que a simple vista no parece ser mexicana como tal. Sus ingredientes son locales y disponibles en muchos sitios del mundo, pero que completa, a cada bocado sabía a México. Una sorpresa gustativa tras otra. 

Y mientras de un lado tenía yo el pulpo al pastor, mi compañero no dudó tampoco en compartir un poco de su selección; magret de pato con compota de manzana verde y mole manchamanteles. El pato, que por cierto tenía una cocción perfecta y por sí mismo podría haber sido el plato, iba acompañado de un mole impecable, fino, rostizado, y aunque no tradicional, me recordó a mi maestro de cocina al que le aprendí su receta de esta afrutada salsa. Me atrevo a describirlo con la choteada frase de ‘una fiesta de sabor’ pero es que eso era una locura.

La noche se agota y la sobremesa llega pronto. Con ella, también llega el postre. Yo pedí churros, pues me quedaron pendientes de la última vez que fui comensal de Alam. Mi esposo pidió fresas con crema. El chef, nos dedica una breve charla. Comentamos sobre sus expectativas en este nuevo sitio y la percepción con la que vemos le han recibido tanto compatriotas como expertos del ámbito culinario. Él, adicionalmente, nos consiente con lo que yo percibo es su postre favorito, Chocolate y Café de Olla.

Cada uno era completamente diferente. A mí, los churros me hicieron sonreír, pues amé que no fueran perfectamente uniformes. Se notaba que eran hechos a mano. La salsa de chocolate oscuro con maracuyá oso decir me recordaba al chocolate especiado característico de mi tierra. Las fresas eran originales, modernas y a manera de sorbete. Tenían la cantidad justa de azúcar tanto en la panna cotta como en el pastel esponja. El Chocolate y Café de Olla… sabía a Oaxaca.

Con certeza, este restaurante a algunos parecerá costoso. A mí me parece que la calidad lo vale y no dudo un momento en aseverar que éste es el mejor restaurante de cocina mexicana moderna de la capital estadounidense.

Sitio web: maiz64.com

Nota: Es posible hacer una orden para llevar desde el sitio web.

Barbacoa en casa: Un almuerzo de manteles largos

Nada más detestable que un plato de comida fría cuando ésta debe disfrutarse calientita para que sepa bien. Y eso fue justamente lo que me sucedió en mi primer encuentro con la tradicional barbacoa de cordero al estilo del Estado de México, pues a mis escasos 8 añitos, recuerdo como si fuera apenas ayer cómo mi madre me sirvió el plato de aquella carne fría y sebosa y se me quedó viendo con esa mirada detonadora de fuegos artificiales a distancia que tiene en ocasiones toda progenitora para sus retoños. Los siguientes 20 años, la historia se cuenta sola. No quería yo saber nada del tan popular plato de barbacoa de borrego. 

Crecí y comencé a darle nuevamente la oportunidad a comidas que no tenían cabida. Pensé que probablemente esta primera impresión que había tenido del platillo podría haber cambiado. Y así fue. De hecho, ahora me fascina. Platillo de fiesta en los pueblos de mi país que en cada región la hacen a su modo para bodas, Pascuas y hasta reuniones familiares. Yo, recorro más de 200 kilómetros para conseguir la que prepara cuidadosamente la chef Cristina Martínez del restaurante South Philly Barbacoa en la ciudad de Filadelfia.

Por eso, cuando anunció que vendría a la ciudad de Washington y traería órdenes a la venta, ni lenta ni perezosa me apunté esperando verme agasajada. Corrí con suerte, pues recibí el mensaje de texto la noche previa que confirmaba mi pedido. Ahora, sólo era cuestión de llegar puntual a la cita a las 11:00 AM en la dirección anunciada. 

Me levanté temprano, pues tenía cita en el dentista. ¿En qué momento pensé que ir a que me arreglaran la boca antes de tener oportunidad de comer tacos de barbacoa era una buena idea? ¡Pero qué estupidez la mía! Con la mitad de la boca dormida y afortunadamente sin dolor alguno, salí cual bólido y emprendí camino al centro de la ciudad. Maravillada de no haber encontrado tráfico, llegué justo a tiempo al parque Rabaut en el barrio de Adams Morgan. Ahora, sólo había que encontrar dónde estacionar el auto.

15 minutos de dar vueltas en las cuadras aledañas y nada. Honestamente, ya estaba un poco desesperada y preocupada. No quería quedarme sin mi ansiado paquetito. Mi pedido fue sensato, pero era el almuerzo y yo había desayunado solamente un plato de fruta y una taza de café. Vuelta y vuelta y por fin encontré una acera libre. Me bajé corriendo y siguiendo el mapa de geolocalización para acercarme en el menor tiempo posible al camión que el esposo de Cristina, Ben, llevaba cargado de bolsas pre-etiquetadas con el nombre de cada uno de los antojadizos que veíamos aquellas bolsas como los tesoros más grandes del planeta.

Sepa el sereno cómo le hice para al fin llegar, pero unos cinco minutos después estaba yo ya en la fila que me llevaría a recibir mi pedacito de cielo en forma de almuerzo. Me entregaron mi paquete, pagué y me dispuse a volver a casa, pero ¿en dónde carambas estaba el susodicho vehículo? Me encaminé dubitativa pero ansiando no perderme. Sin éxito, 30 minutos más tarde y bastante cansada de andar, por fin encuentro el auto. Agotada, pero feliz emprendo camino a casa.

A mi llegada, me reciben con bombo y platillo. Unos minutos en el horno para que la carne esté bien calientita. Esa memoria de la barbacoa fría dejó huella indeleble, así que seamos pacientes un momento más. Pasamos las tortillas por el comal y servimos los acompañantes en un platón para que cada quién se arme sus tacos. En platos hondos ponemos el caldo que acompaña a esta carne preparado con arroz y garbanzos. Es un poco picosito, pero Cristina lo hace con el picor suficiente para que todos aguantemos.

Al fin, el taco en mi mano, calientito, como se debe. La tortilla es de nixtamal. Su aroma la delata. Es como viajar a la tortillería de mi barrio en los años 80. Al primer bocado, se me inunda la mirada. Es que son tan buenos que me recuerdan a papá, a la abuela, y hasta a mi mamá y su mirada de pistola. Reflexiono y concluyo que lo mejor que pude hacer es darle una segunda oportunidad a este taco. Nuestro primer encuentro no fue bueno, pero ahora, es apasionante y recorro lo que sea necesario. El único requisito es que sepa a mi tierra.

Dirección: 1140 S 9th Street, Philadelphia, PA 19147, USA

Teléfono: (215) 694-3797

Nota: Este establecimiento sólo acepta pagos en efectivo. Tienen un cajero a disposición para hacer retiros.

Del menú de Contramar a mi comedor en casa

Esta entrada probablemente ha esperado demasiado para ser compartida, pues para mi, hablar de Contramar es algo que probablemente debería hacer de manera separada, pero en el caso de hoy es verdaderamente imposible. Con toda sinceridad no recuerdo cuándo fue la primera vez que fui invitada a comer al delicioso restaurante de la glorieta de las Cibeles en la Ciudad de México. Mentiría si les dijera uno u otro año, pero lo que sí me acuerdo es que siempre había que reservar para que hubiera mesa disponible al llegar, que la comida era deliciosa y que ya fuera entre amigos, en familia o para deleitar visitas del extranjero, ir a este sitio era y es siempre una garantía. A todos los que me piden les recomiende un lugar al que hay que ir a comer en mi natal Ciudad de México, siempre les incluyo Contramar en la lista de sugerencias.

Dejar de vivir en México para m´í ha significado añorar sabores y lugares continuamente y tratar de reproducirlos en casa. No en vano fue en París en donde me animé a preparar sola por primera vez tamales incluso antes de iniciar mi aventura culinaria. Tampoco resulta extraño que a cada momento pensemos en un antojo, nos volquemos a los recetarios en búsqueda de clásicos que no tenemos idea de cómo se preparan y tras ensayarlos dos o tres veces, llegamos a nuestra magdalena de Proust y se incorpora en los menús caseros de manteles largos. Y claro, visitar a los nuestros en las vacaciones es la ocasión perfecta para regresar también a lugares como éste en los que no importa hace cuánto no te vean, siempre te reciben como en tu casa y comes como si no hubiera mañana.

Así pues, cuando un día caminando por la librería viendo las novedades culinarias del mes, me encontré My Mexico City Kitchen de la cheffe de Contramar, Gabriela Cámara, brinqué y emocionada lo tomé y empecé a hojearlo. Corrí a mostrárselo a mi esposo. Estaba decidido. Ésta era mi elección del día. Entre las recetas estaban la tostada de atún y el pescado a la talla estilo Contramar, pero también había una opción para preparar chorizo en casa y hasta crema que estando lejos de mi tierra no siempre es evidente conseguirla; ¿y saben qué? Eso sólo es el inicio.

Este hallazgo data ya de verano de 2019 si no mal recuerdo, y aunque confieso que me tardé en tomarlo y empezar a cocinar de él, entre esas cosas buenas que han pasado durante estos difíciles tiempos del COVID-19 es que he ido descubriendo diferentes recetas del libro. Y cada que intento una nueva es un deleite y se incorpora al menú. Confieso que ahora todos mis amigos ya han probado mi acercamiento a la tostada de atún. Y no es por presunción, pero yo creo que cada vez me queda mejor. A lo mejor debería intentar invitar a Gabriela y que me diera su opinión. No sé, pero ¿por qué no?

En fin, en cuanto decidí incluir una recomendación de mi biblioteca al mes, este fue de los ejemplares que me inspiraron, así que si no lo han descubierto aún, se los recomiendo ampliamente. Existe una edición en español cuyo título es Mi cocina de Ciudad de México y aunque no la he visto, estoy segura que debe ser igual de bueno que la versión original en inglés. Es más, justo acabo de pedir un nuevo ejemplar para regalárselo a unos amigos porque entre la tostada de atún y la ensalada pulpo de la nonna, mi ranking culinario subió de manera sorprendente ante sus ojos, jajajaja!

Así que hoy es recomendación de un librazo de cocina mexicana y de uno de mis restaurantes de pescados y mariscos consentidos de la Ciudad de México. Y si van, no solo pidan lo que ya mencioné, tampoco se pierdan el aguachile de camarón, el ceviche Contramar que no tiene chile habanero sino manzano, las carnitas de atún y la tarta de higos o la pavlova. Entiendo que por la emergencia sanitaria es posible pedir el menú a domicilio o para llevar. ¡Que disfruten el restaurante y el recetario!

De uno de mis restaurantes preferidos de París: el Welwitsch

Welwitsch es un restaurante que tengo el honor de decir conocí desde antes de que existiera, pues aunque estoy exagerando un poco, tiene su dejo de verdad. A Patricia, la chef y propietaria del lugar la conocí a la distancia en la escuela de artes culinarias hace 5 años. Nunca compartí aula con ella, así que no tenía idea alguna de su desempeño en la cocina, sin embargo, siempre que coincidíamos me saludaba y conversábamos amistosamente. Con el tiempo nos convertimos en buenas amigas.

Nos seguimos por las redes sociales y de vez en cuando nos encontrábamos en algún evento de la escuela. Unos meses más tarde yo me mudé de regreso a México; ella se quedó organizando la apertura de su restaurante. Para cuando volví a París para continuar mis estudios, Welwitsch acababa de abrir sus puertas y yo, ni corta ni perezosa me dispuse a ir de brunch un domingo con otra amiga y también compañera de escuela.

El lugar me gustó. Todo estaba preparado a partir de ingredientes orgánicos de calidad. No era pretencioso, sin embargo, uno salía más que satisfecho y sin sentir haber dejado la quincena entera tras pagar la cuenta. Volví a México gustosa de haberla visitado, pero nunca escribí de aquella visita, me la guardé y no puedo siquiera decir por qué. Creo que fue porque no seguí escribiendo con regularidad.

Al estar planeando la visita del otoño del 2019 tocaba también seleccionar los lugares en los que nos reuniríamos con los amigos y claro, esta selección no se hace para nada al azar, sino que se piensa en dónde gustará más a cada quién. Así pues, decidimos dar cita en Welwitsch a quienes apreciarían lo hecho en casa, lo orgánico y además apreciarán las joyas creativas que Patricia prepara en cada uno de sus menús de temporada. Hice mi reserva vía el sitio web del restaurante que cabe mencionar, está disponible en más de 10 idiomas. Eso sí que no me lo esperaba, pero conociendo cómo Patricia pone atención a los detalles y que ella misma es multilingüe, es fácil de comprender. Una vez confirmada la mesa, yo estaba segura que Patricia me estaría esperando: No me equivoqué.

Ensalada de temporada con betabel y butternut

Almorzamos deliciosamente hasta decir “¡Basta!”. Laëticia, quien se encarga del servicio en la sala, no paró de consentirnos. Evidentemente, Patricia salió a saludarnos en cuanto tuvo oportunidad de escaparse un momento de la cocina. Honestamente, la experiencia culinaria fue aún mejor que como yo la recordaba, así que además de tener como excusa pasar a saludar, este sitio se ha vuelto uno de mis imperdibles en La Ciudad Luz, pues es todo lo que uno quiere: buena comida, ingredientes de calidad, buen servicio y además de todo… buenos precios. En resumidas cuentas; es un verdadero agasajo.

Dirección: 91, rue du Chemin Vert, 75011 Paris

Metro: Saint Ambroise     Richard Lenoir     Rue Saint Maur

Teléfono: +33 (0) 1 4807 3787

Nota: Este restaurante ha cerrado permanentemente.

La cocina de inspiración griega en los suburbios de Washington DC

Era viernes por la noche y no nos habíamos visto hace ya un par de años. Fue en París y por un momento solamente. Ahora, todos habíamos hecho mudanza transcontinental. Acordamos que la reunión fuera en algún sitio que ellos ya conocieran y que estaba cerca de casa, pues nosotros éramos los nuevos chicos de esta cuadra. La compañía fue fenomenal y a mí me agradó lo que me fue servido.

Un par de meses después volvimos a visitar el lugar. Esta vez llevamos a unos de nuestros seres más queridos. Queríamos compartir con ellas lo que habíamos descubierto en nuestro nuevo hogar. De nuevo nos gustó bastante.

Por último, hace apenas unas semanas todo el mundo estaba hablando del evento culinario de la ciudad. Decidimos que la Washington’s Winter Restaurant Week era una buena excusa para visitar el sitio una vez más. No teníamos reserva, pues el plan fue de último minuto, así que como llegamos sin tener mesa reservada, nos ofrecieron la barra que daba a la cocina. De inmediato pensé: ¡La mesa del Chef, qué agasajo!

Como puede usted ver, mi querido lector, ahora me toma más tiempo decidir si de verdad me gusta o no un lugar. La verdad es que me ha sucedido que voy y tengo una buena experiencia y cuando vuelvo una segunda vez, pues resulta que la comida no es consistente. ¿Y saben qué? Este lugar ES consistente, y trabajan a diario para lograrlo.

Ahora bien, no soy experta en comida griega, sin embargo, los sabores que allí me sirvieron, me recordaron al territorio helénico. Hemos probado un poco de todo lo que ofrece el menú, como el hummus y la taramasalata para abrir apetito, la tártara de atún, el falafel y el pulpo asado al grill -perfectamente cocinado, debo añadir. Obviamente, no puedo dejar fuera de la lista al bifteki o  la espadilla de cordero. Y sí, disfruté mucho del baklava con uno espresso al final de la cena, así como la sabrosa panna cotta de miel.

A todos nos queda claro que cuando un cocinero de cierto renombre firma un restaurante, la gente hace referencia a éste todo el tiempo, sin embargo, leí recientemente en el New York Times que el éxito de Mike Isabella, un nombre con cierta reputación en el área de Washington, D.C. y finalista del mundialmente afamado reality de televisión Top-Chef, es que responsabiliza a su equipo y confía en ellos. Por consiguiente, lo que a mi me interesaba era saber quién era verdaderamente responsable de la comida que me estaban sirviendo en Kapnos Kouzina en Bethesda, MD.

Katarina Famoso, la joven Jefa de Cocina a cargo de Kapnos Kouzina, el tercer concepto griego del Chef Isabella, se enfoca en la creación de platillos griegos caseros con un énfasis en los sabores rústicos de los platos estilo familiar que uno probaría de estar  en Santorini o Mykonos, pero empatados de manera moderna y con buen gusto.

Kat, como todos la llaman, ha trabajado desde practicante hasta cocinera a jefa de cocina y recientemente a Sous Chef Ejecutiva después de haber estudiado y trabajado en el Culinary Institute of América, escuela culinaria de gran reputación en los Estados Unidos, así como en otros restaurantes del imperio gastronómico de Isabella.

Tuve la oportunidad de charlar con Kat posteriormente, pude ver cómo le apasiona la comida; en realidad, desde siempre le ha apasionado. Algunos de sus antepasados son de origen filipino, una cultura que se mueve alrededor de la comida en gran medida y  por ende, la actividad en su casa sucedía alrededor de la cocina frecuentemente, situación que le permitió desarrollar su toque y sazón con seguridad gracias a las enseñanzas de su madre, a quien describe como una increíble jefa de cocina y pastelería. No obstante, sabe y aprecia todo lo aprendido en su alma máter desde que le enseñaron de los fundamentos de las ares culinarias. Ahora, ella trabaja para transmitir la disciplina y buenas prácticas a su equipo.

Desde lo que pude percibir, la gente en el restaurante aprecia y admira a Kat; algo maravilloso para un Jefe de Cocina. Además, de inmediato es evidente en lo que sirven para agasajar a los clientes. Ella tiene claro que es responsable de lo que sale de su cocina, así que nunca duda en echar mano a su equipo, en arremangarse y ayudar activamente a su brigada cuando ésta lo requiere.

Definitivo, uno de los sitios que poco a poco han encontrado su lugar en mi lista de sitios locales y a los que puedo ir sin caer en bancarrota el resto de la quincena.

Dirección: 4900 Hapmden Lane, Bethesda, MD, 20814, Estados Unidos de América

Metro: Bethesda

Teléfono: +1 (301) 986-8500

Nota: Este restaurante ha cerrado permanentemente.

es_MXSpanish