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anfitriones – La Gourmandista

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Cuánto hemos cambiado

Durante semanas me pregunté cuándo podría visitar mi país, cuán distinto sería llegar de nuevo y cómo lo encontraría. Sería totalmente distinto; mi visita anterior fue breve y en esta ocasión planeaba estar cerca de un mes, pasear por aquí y por allá, ir haciendo lo que se me ocurriera conforme las circunstancias se fueran dando. Tanto por ver, tantos por visitar para ponerme al corriente de lo que ha sucedido durante mi ausencia. Había que hacer que todo fuere empatándose para que yo fungiera como la directora de la orquesta y el ensamble fuera perfecto.

Ah, cuánto soñar con llegar y abrazarte, con poderte decir cuánta falta me has hecho a pesar de que platicamos con regularidad por Whatsapp, Skype o por el ya extinto MSN Messenger. De repente, casi como por arte de magia, todo empezó a ponerse en su sitio para que yo pudiera estar allá. Había mucho por preparar antes de dejar tierras galas y mucho de ello era por gusto mas que por obligación o cumplimiento.

 La noche previa al viaje me fui a dormir tarde y aún con el equipaje sin preparar, pero sabía que mi ya famosa y bien perfeccionada lista de equipaje creada en los años 90 y perfeccionada con cada viaje que he emprendido, me ayudaría a que nada se me olvidara y la aventura comenzara perfecta. Mmm, si tuviera que calificarme me daría un mediocre 7, pero todo fue mi culpa. No revisé la lista, me agarraron las prisas y me llevé poca ropa, pero bueno, podía yo lavar… punto a mi favor.

En el aeropuerto parisino todo era calma, no hubo estrés y nos acomodamos en ese Boeing 767 de Air France que cruza tremendo mar Atlántico todos los días. La tripulación era agradable y hasta los compañeros de viaje parecían gente civilizada. Despegamos, recorrimos los casi diez mil kilómetros y aterrizamos sin suceso alguno que merezca reporte. Bajamos de la aeronave y respiré ese aire que me recordaba a mis orígenes. Todo parecía igual, que el tiempo no había pasado, que sólo había estado fuera unos cuántos días y que pronto llegaría a casa.

Bandera monumental en Campo Marte México, D.F.

Sí llegamos pronto, pero a una habitación de hotel. Los encuentros telefónicos y por mensaje comenzaron a hacer que el corazón se sintiera apapachado y feliz de estar en su tierra. Mañana desayuno unos chilaquilitos, pensé. Y así fue. Ah, pero qué rico supieron. Lo mejor fue que la mesa la compartí con mi viejo, ese chaparrito que ha sido quien me ha abierto camino y cuyas canas me han enseñado un montón, a pesar de que él crea que a veces no le hago caso. Si tan sólo él supiera que es el ser humano que más falta me hace estando hasta acá. Cuánto anhelo que él viniera y recorriéramos calles, parques, museos, restaurantes, en fin, toda la ciudad; que pudiera yo enseñarle cada rinconcito de este lugar que hoy llamo mi casa.

Hubo días maravillosos, días buenos, días malos y días de la chingada en los que aprendí más de lo que pude disfrutar, en los que me quedó claro lo que puedo, lo que debo así como lo que no puedo ni debo repetir. Grandes aventuras que me hicieron ser consciente nuevamente de en dónde pertenezco y en dónde no, en dónde me he ganado mi lugar y en dónde probablemente nunca podré tenerlo, así como quiénes son esos que quisiera meter en la maleta para traérmelos y poder compartir la vida entera, o bueno, ratitos más frecuentes de los que hoy podemos compartir. Hubiera querido ver a más gente de la que pude, pero nunca será suficiente el tiempo que asignemos y no siempre podremos coincidir en las bocacalles de la vida. Hubo otros que preferí dejar de lado porque nuestras vidas ya se han alejado mucho; a lo mejor es momento de dejarnos descansar y tal vez más adelante nos volvamos a encontrar. Había diligencias que era necesario llevar a cabo personalmente y que era mejor no postergar y otras que no quería yo dejar pasar.

Al paso de poco más de 20 días en mi México lindo y querido, visité lugares bien conocidos y otros nuevos, conocí circunstancias inimaginables pero que agradezco por lo que han aportado a mi corazón, abracé, me apapacharon y apapaché, conocí gente nueva, tuve pláticas banales pero también varias de las que deben perturbar un poco el pensamiento para tomar mejores decisiones. Tomé el sol, comí todo taco, tamal, tostada, gordita y pozole que me pasó por enfrente, bebí tequila en varias formas y presentaciones y muchos me consintieron como si mañana no existiera.

En EL Centro Histórico de la Ciudad de México

Pero no hay plazo que no se cumpla y yo debería regresar a mi hogar, este que tanto trabajo había costado hacer y en el que ahora me siento tan a gusto. Tuve que estar lejos de él para ser verdaderamente consciente de ello; gracias doy a Dios por esta oportunidad también. Ahora ya también extrañaba yo estar al oriente del Atlántico y había quienes ya me echaban de menos también por estos rededores. Nuevamente hubo abrazos, lágrimas y palabras que me traje conmigo hasta acá para sentirlos cerca. Así, volví a armar mis maletas -sí, ahora eran dos- y emprendimos mi papá y yo camino al aeropuerto. Otra vez las lágrimas se salían solas, todo se sentía igual, excepto que durante este año y medio todos hemos cambiado.

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