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Que en Paz Descansen – La Gourmandista

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Que en Paz Descansen

Hoy amanecí melancólica. Debe ser que al 2014 le ha faltado sol, o que me he enterado de muchos que han dejado la realidad humana. Así pues, antes de compartir lo que podría calificar como uno de lo mejores veranos de mi vida, quiero hacer una pausa y recordar con todo y mi ojito Remi a algunos que han partido y que invaden hoy mis pensamientos. He aprendido a seguir adelante después de enfrentar la enorme tristeza de perder a alguien por quien daríamos todo, hasta la vida misma, pero sigo aprendiendo de esta “ley de la vida” con la que casi nunca estoy de acuerdo. Me disculpo por mi testarudez, pero es así… no me gusta.

Claro está que al retrasar la cinta de los recuerdos hasta los más antiguos con me equivoco en el orden. Sin embargo, me parece que el primero fue ese apuesto hombre español que me acercó al piano en cuyo regazo me sentaba a cada ocasión que podía para tocar música juntos, o bueno, así era como yo lo expresaba orgullosamente. Los recuerdos son pocos y un tanto vagos, pero sé que mi corazón tiene un espacio en donde guardo esas memorias con mucho cariño. Era guapo y apuesto, pero lo mejor de todo, es que era muy amado. Su esposa, al día de hoy, casi 35 años después, sé bien que en conversaciones sobre su apuesto príncipe se le inunda la mirada. Un amor como ningún otro.

Luego estuvo ese viejecito de apenas 1.60 m que me solía regalar bolsas pan dulce con garibaldis y cuernitos calientitos. Tengo una imagen muy viva de él en mi de cumpleaños número cuatro. Recuerdo cuando llegó llevaba a mi viejecita preferida del brazo. Ella se fue a los 80 años, justo como siempre lo predijo, o lo prometió, no sé. A ella la recuerdo sobre todo en aquel terremoto de 1985 y sus ocurrentes comentarios, ah, y porque llegó con su equipaje para hospedarse con nosotros unos días, dado que aunque por fortuna a su apartamento no le había pasado nada, el edificio estaba en medio de la destruida colonia Roma. Ella llevaba todo lo necesario, incluido, pero su medicamento para controlar la presión arterial estaba sobre la mesa del comedor, lo había olvidado. Lo mejor; ni siquiera sabía el nombre, así que mi papá tuvo que volver a literalmente atravesar escombros de edificios caídos para poder recuperar susodicha medicina.

Otra fue mi querida viejecita que parecía no romper un plato ante mis ojos, pero que dicen era durísima cuando se desempeñaba como enfermera instrumentista en el Hospital de la . De ella recuerdo nuestras tardes de jugar a la hora del té con esas tacitas diminutas de plástico que yo sacaba de no sé dónde. Ella me enseñó de los juegos de la imaginación y fantasía.

Creo que ahora que lo pienso, no fui consciente cuando ninguno de ellos se fueron. Creo que mis padres manejaron muy bien cada despedida, pues no tengo memoria alguna de haberme sentido triste por sus partidas. ¡Cuánta fortuna la mía!

De mamá no voy a hablar hoy; y es que se me inunda la mirada y no puedo seguir escribiendo. Les digo que ando de un chillón incontrolable.

Entonces también pienso en otras mamás y otros papás que se han ido y la verdad pienso más en sus hijos que en ellos. Creo que es porque me siento identificada con sus hijos que por un lado nos sabemos acompañados en el andar a diario, pero por otro lado quisiéramos tenerlos cerquita.

Finalmente están mis contemporáneos. Aquellos quienes ante mis ojos deberían estar haciendo carrera y construyendo para la , los que tendrían que ser capaces de sentarse con sus familias, parejas, hijos, qué sé yo, con sus y poder disfrutar de un atardecer, una copa de vino, una plática de esas que calan el alma. Ellos a quienes les gustaba ir a la , o jugar golf, o hacer del mundo un lugar mejor gracias a su inteligencia. Esos que a lo mejor cuesta más trabajo entender por qué y para qué se fueron.

En la mayoría de los casos no sé cuál era su misión en la vida, sólo sé que invaden mis pensamientos porque tocaron mi vida, porque algo me enseñaron, porque un pedacito de ellos se quedó en mi corazón.

Por eso, gracias.
Que en descansen.

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