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amor – La Gourmandista

Cooking in progress...

Etiqueta: amor

Cuando voltee para atrás y supe que todo había valido la pena

A veces parece que fue ayer. Otras tantas parece que ha pasado mucho tiempo por todo lo que se ha vivido, sin embargo, cronológicamente solo han sido 5 años y la vida ha cambiado por completo. No ha sido fácil; me parece que he reaprendido hasta cómo hacer sopa, y en toda la extensión de la palabra no estoy exagerando.

El camino empezó bastante brumoso y sin rumbo conocido alguno. Cada uno andaba por su vereda y solamente nos encontrábamos en las bocacalles. Poco a poco fuimos uniendo nuestros andares y compartiendo vivencias, pero nada más. Luego vino esta invitación que nos daba la oportunidad de crecer e inventarnos algo propio, de echar un poco de raíz y soñar. Muchas veces me he querido dar por vencida, pues soy muy visceral, pero qué suerte tengo que en este tiempo he aprendido el significado de balance. Claro, aún hay veces en las que exploto como palomita de maíz, pero gracias a su calma, su paz, su capacidad de estar “zen”, algo se me contagia y recupero mis cabales.

Así, llegamos a un lugar que hubo que convertir en hogar, trajimos gente querida con la que teníamos que lograr encontrar no solo la comodidad, sino llegar al punto de sentirnos verdaderamente en familia y hemos emprendido incluso nuevas aventuras de recreo así como intelectuales que podrían ayudarnos a emprender un futuro profesional diferente.

No cabe duda que aún cuando estoy lejos de llegar a ser ese ser de luz en el que aspiro algún día convertirme y que seguramente andares difíciles podría yo encontrar a la vuelta de la esquina, hoy agradezco mi presente, pero sobre todo, volvería a recorrer el camino, no obstante lo empedrado que lo encontré para llegar a mi “hoy” porque sé que al final del camino me encontraría con Ustedes y esta maravillosa Vida.

¡Que comiencen las vacaciones!

Pues sí, a pesar de que el pan de muerto ya está en el horno y que dentro de un par de horas saldré con la banda de brujas, aún no termino con el recuento del verano, pero es que ahora sí voy a hablar del que acabó apenas hace un mes. Como dije hace ya varias entradas, planear estas vacaciones fue una tarea que llevó varios días e investigación, pero afortunadamente estábamos preparados una vez que el “Día-D” llegó.

 Una vez que la comitiva completa estábamos en la ciudad, regresamos a casa, dejamos las maletas y ni lentos ni perezosos nos fuimos de picnic. Después de todo, hay que aprovechar que anochece tarde. Recorrimos los escasos 2.3 kilómetros y nos instalamos en el Campo Marte. Con la cesta por un lado y nuestro mantel por el otro, nos sentamos al pie de la llamada Dama de Hierro y disfrutamos de pan, queso, carnes frías, alguna ensalada, sidra fresca, agua y ese pie de limón sin hornear que me encontré en las sugerencias de Martha Stewart preparado a mi gusto. Pero, como este verano, por lo menos en París, la temperatura fue mucho menos agresiva que otros años, la frescura del atardecer hizo que conforme fuera llegando el ocaso consideráramos pronto el regreso a casa. Al final del día, el viaje había sido largo y a la mañana siguiente comenzábamos nuestro propio Tour de France, por lo que volvimos a casa y nos organizamos para salir al alba.

Temprano llegó el taxi por nosotros y nos llevó a la estación de tren. Habíamos decidido descubrir distintos territorios galos que tuvieran alguna particularidad que mereciera la pena destacar. Con la pericia que ya sentimos tener, llegamos a nuestros asientos con tiempo y nos instalamos. Aún un poco somnolientos, pero estábamos listos para emprender camino a primer destino.

Es bien sabido que si en Francia hay una bebida popular es el vino, y el más célebre de entre ellos es la burbujeante champaña. Y cualquier pretexto es bueno para abrir una botella durante el aperitivo y hasta el postre. Así que el primer lugar al que llegamos fue a Reims, donde degustaríamos la fresca bebida de distintas casas productoras, ya fueran éstas las grandes y populares a nivel mundial o los pequeños productores independientes que se encuentra uno en los callejones de los pequeños poblados de la región a un costado del viñedo. Entre copa y copa hicimos visitas culturales que nos dejaron boquiabiertos. Para mí la más impactante fue la del Palacio de Tau, el palacio arzobispal de Reims, donde se guardan grandes reliquias, desde la Santa Ámpula de Clovis con la que se ungía a los príncipes de Francia cuando éstos se convertían en reyes o una espina de la corona de Jesús, sólo por mencionar un par. Claro está que también visitamos la catedral de Reims. Confieso que me hubiera gustado pasar más tiempo en ella.

 En las visitas a las casas champañeras me parece difícil decir si me gustó más tal o cual, pues aunque la esencia de todas es igual, cada una tiene su ‘algo’ que las distingue. Por ejemplo, Moët & Chandon -mi preferida- me pareció preciosa y con una gama de productos muy a mi gusto. Mumm, que aunque conocía de nombre, nunca la había probado y se ganó su propio lugar en mi paladar. Y claro, el pequeño productor se ganó mi admiración y respeto por un producto de gran calidad y que se atreve a seguir adelante a pesar de los monstruos que acaparan gran parte del mercado mundial.

Era hora de seguir con el recorrido y el siguiente destino era la la capital normanda de Caen, de donde saldríamos con el fin de llegar al memorial a los militares que perdieron la vida en el desembarco que justamente este 2014 cumple su 70° aniversario y que no queríamos dejar pasar inadvertido. La aventura normanda comenzó en un pequeño museo de la región que nos transportó al tiempo y espacio. Pasamos ahí un par de horas viendo memorabilia de todos aspectos de la guerra. Creo que el que adquirió más adeptos fue el llamado ‘clicker’, que como su nombre lo dice, es un pequeño artilugio que sirve para hacer ‘clic’ e identificarse entre compañeros. Luego vino la visita esperada de la región: las playas del desembarco. Ciertamente fue impresionante llegar al lugar que había yo visto una y otra vez en películas, documentales, fotografías, etc. Podría decir que sentí escalofríos, pero cuando me separé del grupo y realmente me encerré en mis pensamientos fue cuando vi esos cientos de cruces y estrellas de David que indicaban las tumbas en las que yacen los restos de los héroes de la Segunda Guerra Mundial.

 Y bueno, como parecía que nuestra visita planteaba cubrir tantos sitios como pudiéramos que estuvieran en la lista de la UNESCO del Patrimonio de la Humanidad, pues no podía faltar el mismísimo Mont Saint-Michel, el cual incluso antes de llegar nos arrancó los suspiros. El día que llegamos era fenomenal y aunque nos tocó un poco de llovizna la visita fue en calma y afortunadamente sin frío ni neblina, claro, era agosto. He de confesar de éste era uno de los sitios que más me llamaba la atención conocer y que lo habíamos dejado pendiente para un momento especial, y así fue. Caminamos hasta lo más alto y recorrimos el monte de cabo a rabo. Disfrutamos de sus vistas, de ese pequeño mundo intramuros que le hace a uno pensar en cómo vivían los monjes, perdón, de cómo viven los monjes ahí y, por lo menos a mí, de ser curiosa de la Mère Poulard y entender, en toda la extensión del término, lo que significa ser una mamá gallina. ¡Ah, qué delicioso estaba ese omelette! Pero creo que comí suficiente como para tres meses, porque a la fecha no he comido otro.

Tras tomar una cantidad incalculable de fotografías desde tantos ángulos como se me ocurrió a lo largo de la mañana, una vez que el estómago estaba satisfecho, y gracias a las indicaciones de un cortés chofer de autobús de la región, decidimos seguir las instrucciones al pie de la letra y en lugar de tomar la autopista a nuestro último destino, nos fuimos ‘puebleando’. Ah, pero qué vista tan más deliciosa nos tocó durante esas dos horas de camino. Pura playa, puro pueblito que podía haber puesto en una maqueta de esas de La Petite France.

Finalmente, llegamos a Saint-Malo. Pero qué belleza la ciudad amurallada. Ahí nuestra finalidad era descansar además de conocer y comer bien. Así pues, nos instalamos en uno de los pequeños hoteles intramuros e hicimos una caminata de reconocimiento. Cenamos deliciosamente, gracias al talento de un compatriota que encontramos en el restaurante recomendado en la recepción del hotel que nos hospedaba. Planeábamos salir en la noche, pero al final nos quedamos jugando ajedrez y dominó. Muy tranquilo, de verdad. En la mañana, nos preparamos para ir a la playa, era el momento de tirarnos cuales iguanas al tímido sol en una mítica playa con alberca artificial en el gélido Atlántico Norte. Yo no soy muy de playa, pero mis compañeros de viaje sí, así que con libro, música, lentes de sol, y toda la infraestructura que pueda uno imaginar, me dispuse a disfrutar del día con ellos. Confieso que para las 4:00 de la tarde ya pedía yo algo más que sol, arena y mar. Fueron comprensivos y nos encaminamos al hotel para prepararnos a la cena. Las vacaciones estaban a punto de terminar. Las dos semanas habían pasado volando. Era tiempo de volver a casa.

 Aún renuentes quedaba un último día que se podía disfrutar, así que en lo que hubo una última visita a las afueras de la ciudad, yo me quedé en casa para conseguir los ingredientes de una cena de despedida con toques del Medio Oriente. Corrí a la tienda de especialidades libanesa de mi confianza en un barrio cercano y regresé a casa cargada de delicias regionales. Cocinamos todos juntos y luego disfrutamos hasta que no nos cupo más.

No había la menor duda, estas vacaciones habían sido las mejores posibles. Era una opinión generalizada. Hoy, agradezco por el camino recorrido en todo aspecto. Aprendí, disfruté, comí, cociné, corrí, jugué, sonreí y lloré con la mayor alegría posible que la vida me permitió.

Ellas tomaron su vuelo de regreso. Nosotros entre suspiros y algún sollozo volvimos a ese rinconcito parisino que llamamos nuestro hogar con el anhelo de repetir la dosis de aventuras y amor en la primera oportunidad que nos sea permitido.

Que en Paz Descansen

Hoy amanecí melancólica. Debe ser que al verano 2014 le ha faltado sol, o que me he enterado de muchos que han dejado la realidad humana. Así pues, antes de compartir lo que podría calificar como uno de lo mejores veranos de mi vida, quiero hacer una pausa y recordar con todo y mi ojito Remi a algunos que han partido y que invaden hoy mis pensamientos. He aprendido a seguir adelante después de enfrentar la enorme tristeza de perder a alguien por quien daríamos todo, hasta la vida misma, pero sigo aprendiendo de esta “ley de la vida” con la que casi nunca estoy de acuerdo. Me disculpo por mi testarudez, pero es así… no me gusta.

Claro está que al retrasar la cinta de los recuerdos hasta los más antiguos con seguridad me equivoco en el orden. Sin embargo, me parece que el primero fue ese apuesto hombre español que me acercó al piano en cuyo regazo me sentaba a cada ocasión que podía para tocar música juntos, o bueno, así era como yo lo expresaba orgullosamente. Los recuerdos son pocos y un tanto vagos, pero sé que mi corazón tiene un espacio en donde guardo esas memorias con mucho cariño. Era guapo y apuesto, pero lo mejor de todo, es que era muy amado. Su esposa, al día de hoy, casi 35 años después, sé bien que en conversaciones sobre su apuesto príncipe se le inunda la mirada. Un amor como ningún otro.

Luego estuvo ese viejecito de apenas 1.60 m que me solía regalar bolsas pan dulce con garibaldis y cuernitos calientitos. Tengo una imagen muy viva de él en mi fiesta de cumpleaños número cuatro. Recuerdo cuando llegó llevaba a mi viejecita preferida del brazo. Ella se fue a los 80 años, justo como siempre lo predijo, o lo prometió, no sé. A ella la recuerdo sobre todo en aquel terremoto de 1985 y sus ocurrentes comentarios, ah, y porque llegó con su equipaje para hospedarse con nosotros unos días, dado que aunque por fortuna a su apartamento no le había pasado nada, el edificio estaba en medio de la destruida colonia Roma. Ella llevaba todo lo necesario, maquillaje incluido, pero su medicamento para controlar la presión arterial estaba sobre la mesa del comedor, lo había olvidado. Lo mejor; ni siquiera sabía el nombre, así que mi papá tuvo que volver a literalmente atravesar escombros de edificios caídos para poder recuperar susodicha medicina.

Otra fue mi querida viejecita que parecía no romper un plato ante mis ojos, pero que dicen era durísima cuando se desempeñaba como enfermera instrumentista en el Hospital Inglés de la Ciudad de México. De ella recuerdo nuestras tardes de jugar a la hora del té con esas tacitas diminutas de plástico que yo sacaba de no sé dónde. Ella me enseñó de los juegos de la imaginación y fantasía.

Creo que ahora que lo pienso, no fui consciente cuando ninguno de ellos se fueron. Creo que mis padres manejaron muy bien cada despedida, pues no tengo memoria alguna de haberme sentido triste por sus partidas. ¡Cuánta fortuna la mía!

De mamá no voy a hablar hoy; y es que se me inunda la mirada y no puedo seguir escribiendo. Les digo que ando de un chillón incontrolable.

Entonces también pienso en otras mamás y otros papás que se han ido y la verdad pienso más en sus hijos que en ellos. Creo que es porque me siento identificada con sus hijos que por un lado nos sabemos acompañados en el andar a diario, pero por otro lado quisiéramos tenerlos cerquita.

Finalmente están mis contemporáneos. Aquellos quienes ante mis ojos deberían estar haciendo carrera y construyendo para la vejez, los que tendrían que ser capaces de sentarse con sus familias, parejas, hijos, qué sé yo, con sus amigos y poder disfrutar de un atardecer, una copa de vino, una plática de esas que calan el alma. Ellos a quienes les gustaba ir a la playa, o jugar golf, o hacer del mundo un lugar mejor gracias a su inteligencia. Esos que a lo mejor cuesta más trabajo entender por qué y para qué se fueron.

En la mayoría de los casos no sé cuál era su misión en la vida, sólo sé que invaden mis pensamientos porque tocaron mi vida, porque algo me enseñaron, porque un pedacito de ellos se quedó en mi corazón.

Por eso, gracias.
Que en paz descansen.

Boda civil; fiesta a la musulmana

Hace algunos días recibí una llamada que no pude tomar porque estaba ocupada. No había mensaje en el buzón vocal. Al día siguiente recibí un mensaje de texto en el que me preguntaba una amiga qué haría el próximo fin de semana. Mi único plan era ir a clase de ballet y aunque en la mente tenía ideas de salir a hacer una visita por la ciudad a algún museo, en realidad no había nada planeado, por lo que le pregunté de manera directa a dónde íbamos a ir. Después de todo, uno pregunta a las amigas por planes cuando las quiere incluir en algo que nos traemos entre manos. Y efectivamente, me contestó que se casaría por lo civil el sábado y que le daría mucho gusto que la acompañáramos.  De inmediato le dije que con mucho gusto, pues disponibilidad había, pero después comencé a sentirme confundida, pues no conocía las finezas de la etiqueta francesa con respecto a la asistencia a tal evento en este país.

Como buena mujer me dije “no tengo nada qué ponerme” y en efecto, juro que no había nada adecuado para un matrimonio de día en esta época del año. Después pensé que no quería vestirme demasiado elegante, que me quedaba claro que al ser en el edificio del ayuntamiento sería formal, pero no exceso. En fin, me lancé a comprarme un vestido porque nada me parecía adecuado. Para este momento, de lo único que estaba segura era que sería una boda sin alcohol, porque ¿les mencioné que mi amiga es musulmana? ¿No? Bueno, pues hasta donde mi limitada educación en la religión que venera a Alá, entiendo que no pueden ingerir bebidas embriagantes. Deberé estudiar un poco sobre ello; es cultura general.

En fin. Me desperté tempranísimo, pues a diferencia de las bodas a las que he ido antes en mi país, en esta ocasión tendría que arreglarme yo sola y sin la ayuda de un estilista, pero no mucho, pues solamente era la ceremonia civil y había que ser respetuosos con la familia y los novios para no quitarles la atención a ellos. ¿Y si hace frío, pensé a las 7:00 AM? Ya era demasiado tarde para ese pensamiento. Ni modo, me contesté. Desayunamos y salimos de casa emperifollados poco antes de las 9:00 AM, pues la cita era poco antes de las 10:00 AM al otro lado de la ciudad. Decidimos irnos en metro, pues el edificio del ayuntamiento en el que se realizaría la ceremonia quedaba muy convenientemente saliendo de la estación y no teníamos que hacer correspondencia si tomábamos una de las líneas a un costado de casa. Llegamos a las 9:45 AM, puntuales a la hora en que habíamos sido citados. Esperamos en la plaza a la entrada del edificio gubernamental a que llegaran los novios. Poco a poco otros invitados y familiares comenzaron a llegar. He de ser honesta, me sorprendieron los atuendos de algunas personas, pues según lo que había leído por aquí y por allá, así como lo que amigas e incluso la dependiente que me ayudó en la tienda en la que adquirí mi vestido y hasta para mi sentido común, no eran o los colores o los atuendos adecuados para un evento como éste. Pero lo que más atraía mi mirada  con la mayor discreción posible eran las mujeres que llegaban con la cabeza velada -inclusive alguna jovencita de bastante corta edad, habrá tenido unos 15 años máximo. Atuendos sobrios y elegantes de una gran gama de colores. Hasta ahí no habían grandes diferencias.

De repente, apareció por la calle un Mercedes-Benz haciendo ese ruido característico con el claxon que indica que dentro viene una novia. En efecto, era ella. El auto se detuvo y de inmediato el apuesto novio se bajó para abrirle la puerta a su chica, pues llegaron juntos. Un saludo bastante rápido a los asistentes y nervios por doquier que se dejaban ver a través de sonrisas y miradas de “ya estamos tarde”.

Para mí, la mexicana cristiana todo comenzó a desenvolverse de forma nunca antes vista. Desde ese grito de festividad tan musical y característico del Medio Oriente que hacen las mujeres oriundas de la península arábiga y sus alrededores hasta el estilo del vestido de la novia me parecían alucinantemente distintos a lo que mis referentes esperaban.

La ceremonia fue rápida, bastante ligera y con un funcionario público celebrante joven y sonriente.  Posteriormente, los invitados nos dimos cita en el cóctel en un pequeño restaurante citadino a unas cuadras de la Plaza de la República. Hubo bocadillos salados y dulces, jugos, agua y refrescos y música  que inspiró de inmediato a la novia y sus secuaces a comenzar a contornear las caderas como sólo ellas saben hacerlo. Para las 2:00 PM yo estaba de regreso en casa. Ella ahora parte a su tierra, Túnez, en donde los festejos religiosos comenzarán la próxima semana. A mí, por ahora, solamente me queda agradecerles haber compartido con nosotros su celebración parisina y desearles larga vida juntos en amor, felicidad y abundancia. O como se dice por aquí: Vive les Mariés !

Hogar, dulce hogar

Al empacar las maletas y cambiar la ciudad de residencia me preocupaba aprender muchas cosas sobre ese lugar en el que deberíamos instalarnos. También sabíamos que sería necesario reinventarnos, pero lo que no sabíamos era el tiempo que nos tomaría ser conscientes de que este sitio antes extraño es ahora nuestro hogar.

Quienes han caminado aquí a mi lado esta aventura, saben que arrancar fue difícil, que tomó tiempo y que poco a poco he ido aprendiendo y encontrado mi lugar en esta sociedad. El primer invierno lo sentí terriblemente frío, húmedo, oscuro y largo; el segundo, aunque fue más duro en lo general, la pasé mejor en lo particular. Y así todo mejora a diario, pero en los últimos meses me he vuelto consciente de que éste es mi hogar, no obstante los casi 10 mil kilómetros de distancia con mi México, Distrito Federal.

Pero, ¿cuál fue el detonador?

Resulta que el pasado mes de julio me encontré despidiéndome de varios amigos que empacaban sus maletas para irse temporal o definitivamente del bello y soleado París que cautiva en el verano. Asimismo, pasé prácticamente 4 semanas sola en la ciudad, ergo, muchos sentimientos encontrados luchaban entre sí por controlar mis emociones a cada momento. Hubo ocasiones en las que ganó la cordura y otros en los que me vi dominada por la frustración y la tristeza. ¿Y entonces? Pues el sistema de soporte local funcionó cuales manecillas del reloj, lo que significó que la agenda tanto en la ciudad como fuera de ella estuvo a tope y hubo momentos en los que lo único que quería era recostarme en el sillón frente a la televisión y voilà mi mente entró en consciencia de que México siempre será mi tierra y que familia y amigos entrañables podré visitar con tanta frecuencia como sea posible, pero hoy por hoy mi hogar está al Este del Atlántico y las actividades y proyectos en los que quiero trabajar y a los que deseo dedicar mi tiempo están aquí… y como dicen los angloparlantes: Home is where the heart is!

Cuánto hemos cambiado

Durante semanas me pregunté cuándo podría visitar mi país, cuán distinto sería llegar de nuevo y cómo lo encontraría. Sería totalmente distinto; mi visita anterior fue breve y en esta ocasión planeaba estar cerca de un mes, pasear por aquí y por allá, ir haciendo lo que se me ocurriera conforme las circunstancias se fueran dando. Tanto por ver, tantos por visitar para ponerme al corriente de lo que ha sucedido durante mi ausencia. Había que hacer que todo fuere empatándose para que yo fungiera como la directora de la orquesta y el ensamble fuera perfecto.

Ah, cuánto soñar con llegar y abrazarte, con poderte decir cuánta falta me has hecho a pesar de que platicamos con regularidad por Whatsapp, Skype o por el ya extinto MSN Messenger. De repente, casi como por arte de magia, todo empezó a ponerse en su sitio para que yo pudiera estar allá. Había mucho por preparar antes de dejar tierras galas y mucho de ello era por gusto mas que por obligación o cumplimiento.

 La noche previa al viaje me fui a dormir tarde y aún con el equipaje sin preparar, pero sabía que mi ya famosa y bien perfeccionada lista de equipaje creada en los años 90 y perfeccionada con cada viaje que he emprendido, me ayudaría a que nada se me olvidara y la aventura comenzara perfecta. Mmm, si tuviera que calificarme me daría un mediocre 7, pero todo fue mi culpa. No revisé la lista, me agarraron las prisas y me llevé poca ropa, pero bueno, podía yo lavar… punto a mi favor.

En el aeropuerto parisino todo era calma, no hubo estrés y nos acomodamos en ese Boeing 767 de Air France que cruza tremendo mar Atlántico todos los días. La tripulación era agradable y hasta los compañeros de viaje parecían gente civilizada. Despegamos, recorrimos los casi diez mil kilómetros y aterrizamos sin suceso alguno que merezca reporte. Bajamos de la aeronave y respiré ese aire que me recordaba a mis orígenes. Todo parecía igual, que el tiempo no había pasado, que sólo había estado fuera unos cuántos días y que pronto llegaría a casa.

Bandera monumental en Campo Marte México, D.F.

Sí llegamos pronto, pero a una habitación de hotel. Los encuentros telefónicos y por mensaje comenzaron a hacer que el corazón se sintiera apapachado y feliz de estar en su tierra. Mañana desayuno unos chilaquilitos, pensé. Y así fue. Ah, pero qué rico supieron. Lo mejor fue que la mesa la compartí con mi viejo, ese chaparrito que ha sido quien me ha abierto camino y cuyas canas me han enseñado un montón, a pesar de que él crea que a veces no le hago caso. Si tan sólo él supiera que es el ser humano que más falta me hace estando hasta acá. Cuánto anhelo que él viniera y recorriéramos calles, parques, museos, restaurantes, en fin, toda la ciudad; que pudiera yo enseñarle cada rinconcito de este lugar que hoy llamo mi casa.

Hubo días maravillosos, días buenos, días malos y días de la chingada en los que aprendí más de lo que pude disfrutar, en los que me quedó claro lo que puedo, lo que debo así como lo que no puedo ni debo repetir. Grandes aventuras que me hicieron ser consciente nuevamente de en dónde pertenezco y en dónde no, en dónde me he ganado mi lugar y en dónde probablemente nunca podré tenerlo, así como quiénes son esos que quisiera meter en la maleta para traérmelos y poder compartir la vida entera, o bueno, ratitos más frecuentes de los que hoy podemos compartir. Hubiera querido ver a más gente de la que pude, pero nunca será suficiente el tiempo que asignemos y no siempre podremos coincidir en las bocacalles de la vida. Hubo otros que preferí dejar de lado porque nuestras vidas ya se han alejado mucho; a lo mejor es momento de dejarnos descansar y tal vez más adelante nos volvamos a encontrar. Había diligencias que era necesario llevar a cabo personalmente y que era mejor no postergar y otras que no quería yo dejar pasar.

Al paso de poco más de 20 días en mi México lindo y querido, visité lugares bien conocidos y otros nuevos, conocí circunstancias inimaginables pero que agradezco por lo que han aportado a mi corazón, abracé, me apapacharon y apapaché, conocí gente nueva, tuve pláticas banales pero también varias de las que deben perturbar un poco el pensamiento para tomar mejores decisiones. Tomé el sol, comí todo taco, tamal, tostada, gordita y pozole que me pasó por enfrente, bebí tequila en varias formas y presentaciones y muchos me consintieron como si mañana no existiera.

En EL Centro Histórico de la Ciudad de México

Pero no hay plazo que no se cumpla y yo debería regresar a mi hogar, este que tanto trabajo había costado hacer y en el que ahora me siento tan a gusto. Tuve que estar lejos de él para ser verdaderamente consciente de ello; gracias doy a Dios por esta oportunidad también. Ahora ya también extrañaba yo estar al oriente del Atlántico y había quienes ya me echaban de menos también por estos rededores. Nuevamente hubo abrazos, lágrimas y palabras que me traje conmigo hasta acá para sentirlos cerca. Así, volví a armar mis maletas -sí, ahora eran dos- y emprendimos mi papá y yo camino al aeropuerto. Otra vez las lágrimas se salían solas, todo se sentía igual, excepto que durante este año y medio todos hemos cambiado.

París: Ciudad Luz, Ciudad del amor y hasta de sueños

Desde que tengo memoria París es una ciudad que en el continente americano mucha gente sueña conocer. Y recuerdo perfectamente el sentir la primera vez que vine vi la Torre Eiffel; me quedé muda. Así, mi primera y muy corta visita a esta gran metrópoli me dejó con hambre de verla con más detalle, pues en esa ocasión no tuve oportunidad de saborearla como hubiere querido.

Pero ¿por qué tiene tantos sobrenombres? ¿Por qué es tan admirada y tan soñada?

Tuve que conocer un poco de la historia universal y de la historia de París y de su gran Universidad de La Sorbonne para entender su más afamado apodo de La Ciudad Luz. Luego, tuve que conocerla para entender una de las tantas razones por las que en el mundo se le conoce como la ciudad del amor y tuve que venir a vivir a ella para darme cuenta de por qué también es una ciudad de sueños.

Si uno se toma menos de un minuto y googlea Ciudad Luz, Wikipedia dará todo un listado de ciudades a las que se les apoda de esta manera; pero París encabeza el listado y es la que obtiene mayor cantidad de resultados en la búsqueda, no obstante, alguien me contó una vez que se le llama Ciudad Luz no por sus luminarias -además de que aquí no se va la energía eléctrica como en la tierra de las trajineras- sino por todo el conocimiento generado en la época de la Ilustración.

París, ciudad del amor… por aquí y por allá se dice que la belleza del entorno hace que la gente se enamore, ¿será? No hace mucho escuché a alguien decir que con el paisaje urbano que aquí tenemos a diario seguramente no hay divorcios. Me hizo pensar tanto esa afirmación, pues los parisinos son gente muy solitaria. Más de la mitad de la población vive sola y no está en pareja. De hecho, en una reciente lectura me asombré cuando el autor presenta el tema de las relaciones amorosas y el matrimonio de los oriundos de la capital gala y dice que para nada es fácil encontrar pareja en este rincón del mundo. No obstante, caminando por cualquier callejón o avenida puede encontrar recién casados lunamieleros paseándose y tomándose una fotografía tras otra enamorándose no sólo de su acompañante, sino también de los museos, parques, paseos en bote y por qué no, del ícono por excelencia: La Torre Eiffel. Y yo también, en este camino de ya casi 18 meses, París me ha hecho enamorarme de ella, de mi acompañante de viaje, de mi misma y hasta de mi tierra cuando me hace falta algo y/o alguien de por allá.

Y bueno, luego están los sueños; esas historias que armamos en nuestro inconsciente y a veces también en nuestro consciente de lo que queremos y anhelamos para nuestra vida. No sé si aquí esté yo más alerta de lo que sucede o si verdaderamente la tierra del Rey Sol permita se cumplan más sueños que el Cañón del Sumidero cuya belleza también me parece maravillosa. En fin, hace algunas semanas por azares del destino tuve oportunidad de ser testigo de la magia, de las emociones, de las lágrimas y de la enorme felicidad que causa cumplir un sueño. Vi cómo esta ciudad que no importa si la recordamos por ser la capital mundial de la moda, por tener tantos museos que acaba uno molido después de caminarlos o por sus malencarados meseros, puede hacer que tres seres humanos que lo único que compartían era una amistad o relación laboral y estar en estas latitudes al mismo tiempo pudieran cumplir el sueño de visitar esta Ciudad Luz. Ah y claro está, que el eje conductor para que se cumpliera el sueño era la conmovedora historia de  esa humilde mujer que nunca siquiera imaginó poder hacer visitar la tan fotografiada y encuadrada obra del Sr. Gustave Eiffel en el Campo Marte. Al final de las aproximadamente 72 horas de correr para un lado y para el otro el recuento era de cinco sueños cumplidos. Yo, solamente fui una espectadora que guardará en el corazón por siempre la maravillosa oportunidad de ver cómo en pleno frío invernal este París se empeña en hacer realidad los sueños más locos que nos atrevamos a tener.

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