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2016 – La Gourmandista

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Etiqueta: 2016

Sólo nos separamos para reencontrarnos

Poco a poco la agenda comienza a llenar los espacios en blanco. Un cafecito por aquí, un aperitivo por allá. Una cena mañana, otra pasado mañana. En resumidas cuentas, el corazón se va calentando poquito a poquito con cada repicar del teléfono. A todos quiero verlos más de una vez, pero ¿será posible? Ya veremos.

Por lo pronto, encontrarme con cada uno de ustedes ha sigo mágico. Guardo en mi corazón cada momento y les agradezco el ratito que me han compartido uno a uno. A ti, que dejaste a tus hijos un día antes para venir desde Madrid y que pudiéramos platicar en paz. Dices que fue un momento de recreo para ti, créelo que para mi fue un deleite que pudiéramos conversar como si nos hubiésemos visto ayer. A ti también, que me dedicaste tu tarde con tu hija para platicar de todo y de nada; para ponernos al día. A ustedes, que me invitaron a cenar a su casa y que ya pasada la media noche para amanecer un martes estaban preocupados de cómo llegaría yo a casa. Gracias. Tú, que quisiste brindar conmigo por mi matrimonio, también mi agradecimiento, porque te has convertido en una de esas amigas que aunque nos comunicamos poco, cuando lo hacemos es con una gran calidad. ¿Y qué decir de ti?, que te asusté al llegar al café de la Gran Mezquita. Estabas completamente absorbida en tu lectura, sin embargo, la alegría que te dio verme, me sigue emocionando hasta las lágrimas. Y así puedo seguir uno a uno, porque ciertamente TODOS me han dedicado un momento a pesar de los horarios y mi poca disponibilidad.

Y sí, ya tuve que hacer reprogramaciones porque ‘la regué’ y apunté dos actividades al mismo tiempo, porque se me juntaron clases con cenas o porque simplemente ya estoy cansada de andar de la seca a la meca y correr por toda la ‘Île-de-France. Las clases me tienen a todo vapor y ya pedí esquina para descansar. Me falta ver a muchos, y no sé a qué hora. Creo que este fin de semana tocará andar un poco más de pata de perro y aprovechar que la escuela me dejará respirar un momentito del gélido aire que la llegada del invierno trae consigo ya.

Del fatídico 13 de noviembre en París

#Parissesouvient #Parisnoubliepas eran los principales ‘hashtags’ que se veían en las redes sociales. La alcaldía puso afiches por las calles que marcaban cuánto se acuerda la ciudad de lo que con toda seguridad ha sido el golpe más duro que ha recibido la población parisina en muchos años. El señor Presidente develó placas conmemorativas por doquier. Los noticieros cubrían todos los eventos alrededor del aniversario. El Bataclan volvió a abrir sus puertas con un concierto de Sting que tuvo el respetuoso minuto de silencio en honor a las víctimas.

Sí, todo suena muy bien, pero, ¿qué ha pasado en este año en la ciudad?

Con menos de 24 horas en la urbe golpeada hace ya más de 365 días por tremendos ataques terroristas de los que mucha gente aún me pregunta en reuniones de amigos y colegas de trabajo de mi esposo en dónde estaba yo o si conocíamos a alguien que haya perdido la vida, me doy cuenta que aquí siguen presentes en la vida diaria del ciudadano. No hace falta hacer evento alguno, ni publicar mensajes de apoyo en las redes sociales; el estado de emergencia continúa en pie. Los anuncios que leen la alerta del nivel de vigilancia durante un riesgo de atentado aún están pegados en las puertas y cristales de todos los establecimientos. En los accesos a comercios, cines, etc. siguen revisando a las personas una a una, así como las bolsas y paquetes que éstas llevan consigo. La gente se ha acostumbrado a vivir de esta manera del mismo modo que los aeropuertos del mundo cambiaron tras el fatídico 9/11 y como en Latinoamérica lidiamos con la inseguridad y la violencia.

Me pregunto hasta dónde llegará el ser humano. Imposible que yo lo conteste, pero en la mente me quedo la imagen, pues me parece que la situación está lejos de regresar a la normalidad que antes conocíamos. A lo mejor es ésta una nueva realidad que ya no es tan reciente, pero que nos negamos a aceptar.

El memorial con el que me quedo es ese que vi anunciado en las redes sociales y al que me hubiera gustado asistir, pero me pareció mejor quedarme en casa y solamente ver la cobertura por televisión. Se prendieron lámparas flotantes en el Canal de l’Ourcq en memoria de los caídos.

Regresar a París es como volver a casa

Hace ya una semana que volví a mi querido París. Se ha pasado como el agua. Todo lo que tenía previsto hacer comienza a tomar forma. Regreso al aula de clases en tan sólo un par de días. Ya conocí el nuevo campus; es verdaderamente increíble, pero sí, todos tienen razón. Era más acogedor el edificio viejo en el que ya no cabía ni un ápice y el equipamiento de las cocinas pedía esquina a cada paso.

Once meses han pasado desde que estuve aquí por última vez, desde que salí de una habitación de hotel con 9 maletas, dos taxis, un par de amigas que me ayudaron hasta el último momento y los ojos llenos de lágrimas porque mi corazón se partía en dos. Hoy, todo es distinto. Ahora soy visitante, sin embargo, yo me siento como si nunca hubiera partido. No obstante, los chiquitines me recuerdan que sí me fui, que siguen creciendo, que el tiempo pasa.

El vuelo de la Ciudad de México salió bastante puntual, pues sólo unos minutos esperando el despegue no puedo catalogarlos como retraso. Todo comenzaba viento en popa. La cena en el avión, a decir verdad, no estuvo mal; hasta me la comí. La noche prometía descanso, pues la víspera a la salida había sido algo cansada. Las películas a bordo siempre resuelven distraer mi sueño, pero lo de esta vez fue más que eso, pues, el vecino parecía tener chincuales en las nalgas, así, ni más ni menos. El tipo no dio lata; lo que le sigue. Hasta un golpe durante su sueño al haber una bolsa de aire me llevé. Fui vengativa y se lo regresé; me asustó. Así pues, decidí descansar a ratos entre película y película. Al final, por fin llegamos. Era media hora más temprano de lo previsto.

Pasé la zona de control de pasaportes en ¿10 minutos? Parecía un sueño. Seguí adelante a recoger mi equipaje. Como era de esperarse, dado que la estancia será de poco más de un mes, casi me traje hasta el molcajete –amén de que vengo a clases y sí me traje la maleta de utensilios de cocina- traigo tres piezas. Pensé que tardarían horas en salir mis maletas por el carrusel, pero no. En menos de 15 minutos estaba yo ya saliendo a buscar mi taxi que me llevaría a casa de esos amigos/familia del alma que me esperaban ansiosos. Les notifiqué mi llegada por medio de un mensaje de esos instantáneos que ahora nos gusta tanto enviar. ¡Qué maravilloso estar conectado a la red inalámbrica desde la llegada!

Como llegué en sábado a medio día, el tráfico de la carretera y el periférico fueron muy benévolos… A lo mejor también ya me desacostumbré a que aquí el tráfico no es a todas horas. En cosa de media hora estaba yo de vuelta en mi antiguo barrio. Pensé que las emociones me invadirían, pero no fue así. Solamente sentí una gran felicidad.

Parece que me escucharon, pues voltee a la ventana y ya se asomaba mi amigo Stéphane. Bajó a recibirme con un gran abrazo. Al entrar al apartamento saludé calurosamente a sus padres que estaban de visita por el fin de semana. Voltee y sorpresivamente me encontré con ese chiquito que todos llaman ‘mi consentido’ y aunque siempre digo que no, a veces les empiezo a creer que sí podría serlo. Nos abrazamos, reímos y ahí sí se me salieron las lágrimas. ¡Puta madre! Están creciendo tan rápido y yo tan lejos. No importa, pestañeé y le propuse abrir las maletas pues seguro había regalos.

Se asomó su mamá y unos minutos después la más pequeñita de la familia que ya dejó de ser bebé. Planeamos el domingo en familia. Sólo me faltaba él, pero esta vez no pudo venir. Con seguridad será para la próxima, pensé.

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